martes, 26 de mayo de 2015
Publicaciones
Cómo ser escritor y no morir en el intento
Los autores François Pérez Ayrault, Carmen Cordero Amores, Antonio Bosch
Conde, Isabel del Río, Fernando Pérez Sanjuán, Merche Carneiro, Víctor
J. Maicas, David Sáez Ruiz, María del Carmen Aranda, César Díez Serrano,
Pedro García Gallego, Jordi Siracusa, Juan Martín-Mora Haba, Dioni
Arroyo Merino y Juan Martín Salamanca nos cuentan en primera persona y
en clave de humor sus inicios en el complicado mundo de la Literatura.
Me llamo Pánfilo
En octubre de 2007, terminé mi primer relato de más de 10000 palabras. Después conseguí escribir El primer otoño, una novela que me sirvió para aprender a escribir novelas. Más tarde llegó No es tan fácil morir, la que ha de ser por siempre mi ojito derecho.
Eladio, el Pegotes, la Loles, África, Caridad, Conce, Ernesto, Aurelio, Leandro... todos ellos han alcanzado la existencia, sobre todo, porque unos años antes encontré la voz narrativa de la mano de Pánfilo, un personaje esperpéntico, delirante y absurdo como la vida misma.
Esta historia fue el primer texto.
Todavía me hace sonreír cada vez que lo releo. Por eso he querido que se convirtiera en un libro para que todos podáis disfrutarlo.
En junio de 2014 salió a la luz, con la complicidad ya imprescindible de Éride Ediciones.
Espero que os guste.
Me llamo Pánfilo
(dos primeros capítulos)
Me llamo Pánfilo. Tengo treinta y cuatro años y
escribo mis memorias escondido en la bodega de un velero bergantín (que
no corta el mar, sino vuela)
Poco importa que no me crea. Usted dice que otra persona sólo me puede
influir si le doy ese poder. A mí plim lo que usted piense. Antes me
dolía que pensaran mal de mí, pero ahora plim y bien plim. Lo que opine la
gente, me la repanpinfla bien repanpinflada, o plinflada, que nunca me
aclaro. Desde que usted me dijo que no pueden hacerme daño si no quiero,
soy feliz. Fíjese que gilipollez: me pego veinte años comiéndome la
cabeza sobre lo que pudieran o pudiesen pensar de mí los demás y me
entero en la bodega de un velero bergantín (que no corta el mar, sino
vuela) de que todo eso importa una mierda.
No me está mal empleado, que diría mi viejo. No
creo que abra la boca, después de la colleja que le di la última
nochebuena, sobre todo porque desde entonces no ha vuelto a respirar.
Además, que el viejo me la suda. Como no está en la lista de personas
con derecho a influirme, requeteplim. Toda la vida diciéndome que soy un
inútil, que no me está mal empleado esto, que no me está mal empleado
aquello, que no voy a llegar a nada, que a mi vieja le pega porque le da
la gana y porque es su mujer, que no me meta si no quiero recibir yo
también...
Pues ahora jódete. Yo sigo en la trena saldando mi
deuda con la sociedad, pero tú estás bien fresquito en la tierrecita del
cementeriecito, o cementeriíto, que nunca me aclaro. Y si tienes
huevos, apareces esta noche en mi celda y me das un susto, que aún puede
que te caiga un guantazo. No me olvido de ti. Todos los martes sales en
la terapia. Dice el psiquiatra que he de perdonarte, que el rencor sólo
me hace daño a mí, sobre todo ahora que la has cascao. Él, que hasta
que no te perdone no descansaré, y yo que hasta que no te partí la cara
no respiré; y él que bien, pero que ahora no hay solución y he de seguir
con mi vida; y yo que me cago en mi vida y en mi padre, que el diablo
lo guarde en la miseria; y él que me tranquilice, que ya seguiremos otro
día y yo que vale, pero que me cago en mi padre. No sé por qué pierdo
el tiempo contigo. A ver si pasa un día sin que vea tu careto en el
espejo, que encima tengo la desgracia de parecerme a ti. Hasta en las
cicatrices.
Por cierto, ya sabe usted que me llamo Paco. He dicho que me llamaba Pánfilo porque me ha salido de los cojones.
Capítulo segundo.
Después
de la breve introducción en la que se esbozan algunos aspectos de mi
inestable personalidad, he considerado, más sosegado, que debía comenzar
mis memorias aludiendo a la más antigua de las imágenes que guardo en
el corazón. De vez en cuando me dejo seducir por la magia de los
recuerdos y, ebrio de nostalgia, llego a contemplar al niño que fui,
peinadito a raya y vestido con el babi de parvulito. Parece que puedo
verme: tan morenito, con esos ricitos rebeldes que sembraban ternura en
las personas mayores, medianas y menores.
Mamá,
siempre sonriente, cogía mi mano con firmeza. Me daba la seguridad
necesaria para esquivar el miedo propio de un infante a la vez que
fomentaba mi autoestima con su amor incondicional.
Cuando
busco un rastro de lo que fui siempre me veo así, de la mano de mamá
aquella mañana fría. La mañana de mi primer día de colegio. Don Felipe
salió a recibirnos a la puerta del viejo edificio de ladrillo. Me miró
con aquella sonrisa suya que casi escapaba del rostro y, guiñándome un
ojo, me dijo: “Tú debes de ser Francisquito. No lo podrías negar, porque
tienes los mismos ojos de travieso que tu papá cuando era como tú”.
Recuerdo
su voz varonil, reconfortante como ninguna. A veces guardo silencio y
mi estancia se inunda de cacofonías de don Felipe y Papá. Entonces
pienso en lo mucho que les echo de menos y, tras enjugarme las lágrimas
que resbalan por mis mejillas, me consuelo recordando que fui feliz.
David Sáez Ruiz. Octubre de 2007
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Gracias
a todos por estar ahí .De todo lo que habéis publicado en estos dos
años en las páginas promocionales del libro, me voy a quedar con un
mensaje enviado por Javier Solana Rodriguez, lector de un pueblo al
norte de Madrid en noviembre de 2011, que consiguió emocionarme en
nombre de todos vosotros. Decía así:
"Estimado David, el motivo por el cual me dirijo a usted es para mostrarle mi mas sincero agradecimiento y admiración porque acabo de leer su libro "El primer otoño".
Sin ánimo de aburrirle me gustaría darle un par de pinceladas sobre mi vida para que entienda por que me ha calado tan hondo este relato:
Tengo 39 años, vivo en un pueblecito del norte de Madrid y este verano hemos cumplido el vigesimo-cuarto aniversario de la fundación de nuestra peña, "Es lo suyo". Incluso nuestras fiestas también son en Septiembre, lo que me hace coincidir con Eladio hasta en el sentimiento del verdadero final del verano que intentamos estirar como un chicle hasta el 20 ó 22 de Septiembre. Ahora que todos tenemos niños las fiestas las vivimos de otro modo (aunque seguimos dandolo todo, al menos durante un fin de semana), pero lo que me ha parecido increible ha sido descubrir que alguien (a quien no conozco) ha escrito las paginas de mi diario correspondiente a mis 17 años, justo en 1989. Solo tengo que cambiar los nombres de los personajes y encajan a la perfección en mi vida, porque ¿quien no ha tenido en el grupo de la adolescencia un "pegotes"? tan sobrado y seguro de si mismo. ¿Un verdadero amigo como Jaime?, ¿Una Loles? en la que podiamos encontrar el equilibrio del alma pero que por tenerla delante de nuestras narices no lo veiamos. Y por desgracia y por ventura ¿quien no ha tenido / sufrido con una Africa? Esa tormenta de sentimientos encontrados, esa inseguridad propia de la edad, esa capacidad para hacer por ella las mayores proezas y los mas grandes ridículos o absurdos..... pero que son fundamentales tanto para madurar como para enriquecer nuestra experiencia vital.
En definitiva, aparte de sentirme plenamente identificado con los sentimientos de Eladio, con su entorno rural, con los trepidantes dias de fiestas en los que se ambienta la obra, con el choque generacional (me parece buenisima la frase " él solo compartia con sus padres el planeta y el siglo en el que le habia tocado vivir").... también tengo que decirle que hay pasajes como el de las ofrendas al ponche con el que me he reido a carcajadas ( ¡ todo coincide con la realidad !
Como despedida le diré que tengo intención de conservar este libro de un modo especial porque si algún día (y Diós no lo quiera) me olvido de lo que es ser adolescente siempre podré releer "El primer otoño".
Un vez mas, muchas gracias."
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No es tan fácil morir
(pinceladas)
Esta mañana, nada más llegar, el aroma de las berzas se incrustó en mi
alma. Profundo, manso, dulzón. Mientras el director nos explicaba, muy
sonriente, detalles relativos a los horarios y los hábitos del centro,
mi cabeza fantaseaba con que, al menos, el chef hubiera añadido jamón al
sofrito. Mi Conchín todo era decir qué bonito esto y qué agradable
aquello... Y yo, que al fin y al cabo voy a vivir aquí, pensaba en el
sofrito.
¿Qué criterios sigue el pensamiento, que siempre se posa en lo circunstancial?
(Primera parte, capítulo 1)
Peor fue lo de mi Conchín, que se fue a enamorar del imbécil de mi yerno
y todavía no ha descubierto que además de feo, es malo. Porque mi
Ernesto tuvo la mirada esquiva (bizco, era bizco) la nariz inconveniente
y el pelo muy provisional. Se ocupó siempre del negocio con fervor, no
me faltó de nada, salvo un pelín de cariño. Podría decir que me respetó,
me amó incluso, a su modo. Eran otros tiempos, qué sé yo. Pero este
yerno mío es malo.
Al tiempo.
(Primera parte, capítulo 1)
... En las historias románticas no había encontrado ninguna referencia a:
El silencio de una cocina en febrero.
La angustia ante la fiebre de tu hija.
La textura de esparto de la voz de tu suegra en el teléfono.
La textura de esparto de la voz de tu suegra en persona.
La espera.
La caducidad del sabor de los besos.
La podredumbre que el humo del tabaco, otrora seductor, genera en los besos previamente citados.
La soledad.
El miedo a la soledad.
El miedo al miedo a la soledad.
La Soledad (así se llamaba mi suegra, y admítelo, era un chiste fácil).
El miedo a la Soledad.
El miedo al miedo a la Soledad.
(Yo solita me estoy riendo, hice bien en no morir).
La imposible curvatura de las croquetas.
El sonido del teléfono cuando continúas sola, con las manos pringadas de pasta de croquetas.
Llegar, al fin, a contestar, y que nunca fuera Ernesto.
El sexo después del amor.
El vacío que deja el amor, cuando muere.
El calor del verano, en soledad.
El calor del verano, con Soledad.
La certeza, la insoportable conciencia de que todo era mentira.
...
Nada aparecía en las novelas de amor.
Pero no mueres.
No es tan fácil morir.
(Primera parte, Capítulo 35)
Ahora mismo me voy a clase de informática. Ya le vamos cogiendo la
marcha a Google y a Facebook. Yo me entretengo buscando canciones de
Serrat, puedes ver la que quieras cuando quieras. Solo hay que escribir
De vez en cuando la vida y pulsar en vídeos. Y luego sale Serrat, tan
guapo y tan elegante como siempre, con ese temblor en la voz y esa
mirada tan pícara y tan transparente. Y yo escucho la canción y le
cuento a Daniela cuánto me gusta Serrat. Ella me acompaña y cuando me
emociono, me coge la mano. Después buscamos un tango, casi siempre Alfonsina y el mar. Entonces ella se conmueve y yo le consuelo.
Ayer le conté por qué siempre lloro cuando escucho el final de De vez en cuando la vida.
A ti no te lo voy a contar.
(Primera parte, capítulo 45)
De este doce de marzo, me quedo con el abrazo de mis nietos. Andrea y
Ramón han venido con su madre y me han arreglado la tarde. La niña tenía
un día cariñoso, raro en ella desde que es una mujercica. Ramón
estaba algo serio, venía enfadado con su madre porque esta noche iban a
cenar verdura. La Puri, que últimamente se la comen muy bien porque la
combina con patatas fritas sobre platos negros, que al resaltar
más el color del brócoli y la zanahoria la combinación es más atractiva,
hay que preparar la verdura con imaginación para que los chavales se
acostumbren desde pequeños. El pequeño lleva la fruta regular,
pero han comprado una licuadora electrónica y si se preocupa de
prepararles un zumo los martes y los jueves antes de la comida y los
lunes y los miércoles antes de la cena, se la toman tan ricamente,
Andrea mejor que Ramón, que ella es de cuidarse mucho y las frutas la
vuelven loca, menos el plátano, el aguacate y la chirimoya, que tienen
mucha grasa. Por lo visto, Ramón detesta las chirimoyas desde que una
vez lo
disfrazó de chirimoya para el carnaval del cole, que hay que ver la
faena que le costó inventar aquel disfraz y el disgusto que cogió el
mocoso porque quería disfrazarse de Picacho, o Picachu, o
qué sé yo. La de trabajos que tienen que hacer las madres hoy en día, y
encima los niños nunca lo agradecen. Si fuera por ellos, estarían todo
el día jugando a la Nintendo y comiendo hamburguesas y
chucherías, pero desde luego en su casa no juegan más de una hora
seguida, y por lo menos los suyos no tocan la ¿Güi, ha dicho? más
que el fin de semana. Que ella no se va ameter donde no la llaman, pero
los mellizos de Conchín se pegan todo el día con la consola, aunque
tampoco es de extrañar, con lo que tienen en casa. Los críos, si no
estás encima de ellos, te torean. Con el pescado es más difícil,
últimamente se comen muy bien las varitas congeladas de merluza, aunque
Andrea se quita todo el rebozado porque le da asco tanto aceite, que va
todas las semanas a una pescadería del centro donde venden unas varitas
de una marca nueva y hay que ver lo bien que se come Ramón el pescado
así. Y lo más importante: se está pensando borrar a Ramón de fútbol y
apuntarlo otra vez a inglés y a kárate, lo que pasa es que el kárate lo
han puesto los viernes porque se han
empeñado media docena de madres y a ella le viene fatal el viernes por
la tarde, pero yame contarás qué hace con el kimono, que le costó
treinta euros hace dos años y allí está muerto de risa. Y ahora con el
instituto es mejor, que por lo menos ya no hay clase por la tarde.
...
Cuando me ha dejado hablar, ya se tenían que ir.
No me ha dado tiempo a decirle que su hijo pequeño va a cumplir trece
años y ya es hora de que se coma la verdura con aceite y vinagre en el
primer plato que encuentre su madre. Que la fruta, cuando es de
temporada, ha estado muy buena toda la vida, mucho antes de inventar las
licuadoras espaciales y los exprimidores electrónicos. Que no es normal
que una chiquilla de casi quince años se preocupe de la grasa
que tienen las chirimoyas, que lo importante de una chirimoya es no
atragantarse con los huesos tan gordos que tiene. Que yo cada vez la veo
más delgada y ella, que es su madre, parece que no se da cuenta de
que su hija está agarrando una enfermedad rara de esas que ni a nombrar
me atrevo, pero la próxima vez que venga mi hijo a verme, se lo pienso
soltar de buenas a primeras, me ponga los morros que me ponga.
Que no me extraña que siempre se esté quejando de lo estresada que está y
del poco tiempo que le queda para ella. Hoy en día, para que los niños
coman fruta y verdura hay que tener formación en bellas artes
para combinar los platos y acordarse de cuándo toca licuar media docena
de manzanas, según sea martes por la mañana o jueves por la tarde.
Después, para que se relacionen con otros seres humanos y no se les
caigan los ojos de puro irritados, hay que estar pendiente de que dejen
de jugar a las consolas cuando pasa una hora. Si todo va bien y no se
retrasan en las extraescolares, a las 21.45 de cualquier miércoles han
terminado los deberes, se han comido una zanahoria y tres peras
licuadas.
...
Poco me gusta predicar lo bueno que antes era todo, me niego a parecer
una abuela de esas que siempre están renegando de los tiempos modernos.
Pero vamos...
Que antes, para que comiéramos fruta, con dejarla un cuarto de hora a la
vista era suficiente, desaparecía antes de lo que cuesta enchufar un
exprimidor.
Que yo no vi una chirimoya hasta que cumplí los cuarenta años.
Lo de antes, mal.
Pero lo de ahora..., lo de ahora es raro.
(Segunda parte, Capítulo 18)
Curiosa lucidez, la de los cuerdos corrientes:
Un día te casas con otro ser humano, lo decoras con tus expectativas y
empiezas a verlo tal como lo imaginaste. La convivencia se revela como
el mejor de los antídotos contra el encantamiento y entonces sientes que
todos los relojes llegan tarde para ti. Alternas los días en que exiges
al otro que se convierta en tu príncipe azul, con las noches que
intentas convertirte en la princesa que él espera.
Y te lías.
Una parte de ti comprende enseguida que el otro jamás cambiará.
A pesar de ello, lo sigues intentando con palabras, con miradas teñidas
de censura y morros que terminan enquistados en tu sonrisa.
Anhelas lo imposible.
Te condenas a la frustración.
Cuando diriges toda tu energía a convertirte en lo que el otro espera de ti, es mucho peor.
A veces, durante algunos instantes, lo consigues.
Pero te mueres de asco.
Cógelo por donde puedas.
(Segunda parte, capítulo 60)
"El aire, peinado por
los pinares recién mojados, olía a septiembre. El mes de los finales y
de los comienzos se anunciaba próximo y Eladio no pudo contener un
suspiro de inquietud. Después de treinta días regresaría al internado, a
comer escalopes con mayonesa rosa y yogures a punto de caducar. Cada
lunes, durante un millón de meses, madrugaría para coger el autobús de
los estudiantes, dejaría su macuto en el maletero y buscaría un asiento
cerca de la calefacción. Sin ganas de hablar a esas horas, fingiría
dormir para que los escasos compañeros que se sumaban al viaje en los
pueblos vecinos no le molestaran. En los meses de invierno, vería el
amanecer de la Sierra desde una ventanilla bañada en frío y llegaría a
Teruel a la misma hora que los primeros rayos de sol.
Por
fortuna, entre el presente y el abismo que aguardaba al otro lado del
verano se interponían las fiestas, lo más sagrado entre lo conocido."
"Estimado David, el motivo por el cual me dirijo a usted es para mostrarle mi mas sincero agradecimiento y admiración porque acabo de leer su libro "El primer otoño".
Sin ánimo de aburrirle me gustaría darle un par de pinceladas sobre mi vida para que entienda por que me ha calado tan hondo este relato:
Tengo 39 años, vivo en un pueblecito del norte de Madrid y este verano hemos cumplido el vigesimo-cuarto aniversario de la fundación de nuestra peña, "Es lo suyo". Incluso nuestras fiestas también son en Septiembre, lo que me hace coincidir con Eladio hasta en el sentimiento del verdadero final del verano que intentamos estirar como un chicle hasta el 20 ó 22 de Septiembre. Ahora que todos tenemos niños las fiestas las vivimos de otro modo (aunque seguimos dandolo todo, al menos durante un fin de semana), pero lo que me ha parecido increible ha sido descubrir que alguien (a quien no conozco) ha escrito las paginas de mi diario correspondiente a mis 17 años, justo en 1989. Solo tengo que cambiar los nombres de los personajes y encajan a la perfección en mi vida, porque ¿quien no ha tenido en el grupo de la adolescencia un "pegotes"? tan sobrado y seguro de si mismo. ¿Un verdadero amigo como Jaime?, ¿Una Loles? en la que podiamos encontrar el equilibrio del alma pero que por tenerla delante de nuestras narices no lo veiamos. Y por desgracia y por ventura ¿quien no ha tenido / sufrido con una Africa? Esa tormenta de sentimientos encontrados, esa inseguridad propia de la edad, esa capacidad para hacer por ella las mayores proezas y los mas grandes ridículos o absurdos..... pero que son fundamentales tanto para madurar como para enriquecer nuestra experiencia vital.
En definitiva, aparte de sentirme plenamente identificado con los sentimientos de Eladio, con su entorno rural, con los trepidantes dias de fiestas en los que se ambienta la obra, con el choque generacional (me parece buenisima la frase " él solo compartia con sus padres el planeta y el siglo en el que le habia tocado vivir").... también tengo que decirle que hay pasajes como el de las ofrendas al ponche con el que me he reido a carcajadas ( ¡ todo coincide con la realidad !
Como despedida le diré que tengo intención de conservar este libro de un modo especial porque si algún día (y Diós no lo quiera) me olvido de lo que es ser adolescente siempre podré releer "El primer otoño".
Un vez mas, muchas gracias."
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