sábado, 11 de julio de 2015

Retales

El grano de arena


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El grano de arena ha ocupado la hendidura en la roca durante trescientos cincuenta y siete años, cuatro meses, dos días, nueve horas, ocho minutos y tres segundos. El martilleo de las excavadoras lo libera por fin.  Si supiera que existe, se lanzaría al viento gritando de júbilo, lloraría ante la belleza del pinar bajo el sol de marzo y buscaría una nueva ubicación, más ventilada y con vistas al mundo.
Es transportado por el viento.
Atraviesa el parque infantil a medio construir, sortea los pinos y acaricia el perfil imposible de las piedras de rodeno. Si pudiera desear, soñaría con un vuelo interminable, una vida aferrado al vendaval, imprevisible y frenética. Acepta estrellarse en la sustancia húmeda con la misma resignación que asumió, siglos atrás, incrustarse en la grieta.
La capacidad del grano de arena para ignorar es infinita: ignora lo tangible y lo soñado; desconoce el tiempo y su espacio, los nombres de las cosas y los caminos del destino.
Ignora que ignora.
Hundido en la esclerótica, el grano de arena siente la misma ausencia de emoción que experimentó durante siglos en la recién abandonada abertura, mil años atrás en el mar o diez mil años atrás, cuando todavía formaba parte de la gran piedra.
El hombre tan sutilmente atropellado nada sabe de las aventuras del grano de arena. Si conociera su pasado infinito y su presencia en mil guerras, sentiría cierto orgullo por ser el elegido. El hombre que sabe del mundo y de la vida desconoce, igual que el grano de arena, que la esclerótica se llama esclerótica.
Para él, es lo blanco del ojo.
Transcurren tres minutos hasta que el grano de arena cambia de ubicación. Un pañuelo de seda lo arranca de la sustancia viscosa y el ojo que antes lo albergó lo mira detenidamente. Es el primer ojo que lo ve en toda su historia sin vida.  La reacción de alerta que el impacto ha despertado en el sistema nervioso humano, cesa al comprobar éste que el proyectil es un granito de arena.
Es acariciado entre el pulgar y el índice de la mano. Observado durante un último segundo. Catapultado al vacío.
El hombre lo ha llamado mota.

Envuelto en humedad, pesa más que la brisa. Se posa sobre un palo del tamaño de una lenteja, junto al gran pino. La primavera calienta la tierra y tiñe el paisaje de verde. El lugar donde ahora no vive es transitado por docenas de insectos, que lo miran con múltiples e indiferentes ojos. Un grano de arena pensante supondría que será feliz allí durante un tiempo. Pero dos días después, la hormiga que nunca se ha visto en un espejo lo coge entre sus patas. Posee mandíbulas, ojos, antenas y un largo tubo que bombea sangre incolora desde la cabeza a la cola. Respira a través de agujeros salpicados por su cuerpo y está viva. Lo conduce cincuenta y siete centímetros al sur y lo deja caer en el país de los granos de arena. Los hay blancos, amarillos y rosados; grandes, puntiagudos, menudos y regordetes.
El silencio cubre cientos de historias.
Durante años de espera y oscuridad, la inconsciencia le libró del aburrimiento, pero ver el crepúsculo rojizo compensaría ahora toda una existencia gris. Doscientos noventa y seis mil, cuatrocientos treinta y seis compañeros comparten sueños, recuerdos y desvelos opacos: el grano azulado que corona el hormiguero tres milímetros al este atravesó China del amanecer al ocaso; el gordinflón rosáceo de la derecha formó parte de la gran pirámide de Keops, pero nadie le creería, porque la envidia es muy recelosa. Cuentos de dinosaurios, pueblos olvidados y grandes terremotos duermen sepultados bajo el  montículo inerte.
Las hormigas están demasiado ocupadas para soñar, dudar o aburrirse.
La noche arropa al hormiguero con una sábana oscura y sedosa. Mientras el sol permanece oculto, la población de rocas menudas tiene tiempo de elegir un cabecilla y escapar de allí. Hasta que las primeras obreras asomen por la boca del túnel, pueden huir a las montañas, sumergirse en el gran charco o sepultar a las hormigas bajo su peso. Organizar una expedición al corazón de la galería y secuestrar a la reina.
Permanecen.
Permanecen juntos y en soledad, ajenos a su mutua compañía.
Hasta que la tormenta rompe el cielo y la quietud.

La primera gota explota en el suelo y anuncia el diluvio. Cada impacto produce un ruido sordo y violento que aterraría a un ser impresionable. En pocos segundos, el montículo es desfigurado por el torrente de agua y la gran comunidad recién fundada desaparece y regresa al olvido. La suave pendiente del prado determina que la corriente viaje hacia el sur. Más de cuarenta y siete mil insectos mueren bajo la tormenta. Cualquier nostalgia de respirar que la belleza del atardecer habría justificado pierde sentido dentro del raudal. A tres metros del grano de arena, se ahoga una hormiga que nunca se vio en el espejo.
¿Sufrió?
El reguero desemboca en la cuneta del camino y acelera su curso hasta que el tocón atascado lo revienta y lo divide. El grano de arena es arrastrado por el cauce derecho, que regresa al pinar. Más tarde, bajo un sol de terciopelo, se detiene junto a la piña roída.  La composición química de la arena, mezclada con agua del cielo y combinada con esencias de espliego, tomillo y ajedrea, dulcifica el aire con un aroma que conmueve al ser humano.
Eau de tierra mojada.
El grano de arena ha adelgazado. El baño le ha dejado limpio y semitransparente. Nunca se había sentido gordo, flaco, atractivo o detestable. Ahora tampoco. Podía haberse disuelto completamente en el torrente de agua, pero no le importa. Ha sido arrancado de su hogar, transportado por el viento, acariciado por un ser monstruosamente grande, raptado por una hormiga y arrastrado por la riada.
Reducido a la mitad de sí mismo.

Es un buen día para la lombriz superviviente. La tierra húmeda le facilita el tránsito y el alimento. Repta bajo la piña roída y sale a la superficie. Olvida que la semana anterior su pariente fue arrancada de su agujero por un niño juguetón. Ignora que terminó atravesada por un anzuelo y devorada a medias por la trucha que quería merendar gusanos. La trucha que a su vez se ahogó en la mochila del niño, fue rebozada en harina y achicharrada en una sartén.
No sabe que se llama lombriz.
El grano de arena se pega al vigésimo séptimo anillo del gusano.
Otra vez, pensaría.
Otro viaje.
Más lento.
Pero ya estamos otra vez.
Ser una porción mineral inerte es una bendición cuando el ritmo lo marca un anélido. Después de volar y navegar, la velocidad de lombriz habría desesperado a un ser irritable.
Afortunadamente, algo inmune al hastío es también inmune al pánico.
El pariente merendado por una trucha no tuvo tiempo de advertir: No salgas. No reptes a media tarde. No pierdas de vista el cielo.
La madre picaraza se posa junto a la lombriz, abre el pico y lo cierra sobre treinta y dos anillos, entre ellos el vigésimo séptimo.
Ya estamos otra vez.
El vuelo es corto. El gusano se mueve ¿aterrorizado?, pero el esfuerzo es inútil. Si pudiera verlo, el pariente se moriría de nuevo. Esta vez de risa.
El grano de arena sigue mostrándose entero y arrogante.
El nido está ocupado por cuatro polluelos hambrientos. En el centro, una moneda de cinco duros, con agujero; y un anillo dorado: David. 14-10-2000.
Las crías, vistas desde la perspectiva y el tamaño de una lombriz, son horribles. En lugar de piar, quiebran el silencio y encienden el ánimo. La lombriz ¿agradece? al Creador la sordera congénita.
El pico de la más fea de las urracas se convierte en un abismo negro.
Se aproxima.
Se abre de nuevo.
Se cierra.
El mundo desaparece y el grano de arena descubre la digestión aviaria.



Un silencio familiar envuelve la pequeña hendidura en la roca. Sobresaltado, el grano de arena tantea su alrededor: el vértice superior, salado y calizo; luz mortecina al frente, filtrada por el milímetro abierto al horizonte; partícula de agua a los pies, siempre alimentada por el pasadizo húmedo.
El hogar.
La imagen de una hormiga que se carcajea le asusta. Tiembla todo su cuerpecito. Sortea los árboles, se incrusta en el ojo humano y el cielo ruge. La tormenta está a punto de ahogarle. Alguien le cuenta historias de faraones. El suelo se mueve. El agua lo va a disolver sin piedad. Un anillo de oro en los dedos de un niño que pesca con anzuelo. Una picaraza lo muerde hasta reventar sus partículas minerales. La hormiga continúa riéndose pero está muerta, peinándose ante un espejo.
Despierta.
Todo ha sido un cuento.
Sólo un cuento.
David Sáez Ruiz. Octubre de 2007

miércoles, 17 de junio de 2015

Publicaciones

Muy pronto...

 

 

Pinceladas

"Imaginen una niña reprimida, una mujer imponente que lleva toda la vida espantando de su pensamiento las imágenes del deseo. Acorralada por su conciencia maltratada, desbordante  de vida y sensualidad. Una batalla interminable entre su lado pasional y su razón adulterada por la renuncia.
Prueben ustedes a hacerse una idea.
Deseen.
Imaginen que su dios puso en el mundo una persona que, sin poder evitarlo, se empeña en satisfacer cada una de sus fantasías.
Vístanse con sus mejores galas y sueñen.
Tal vez está ahí fuera."

(Capítulo III)

martes, 26 de mayo de 2015

Jornadas literarias Comarca de la Sierra de Albarracín 2015. Foto de familia


Publicaciones

Cómo ser escritor y no morir en el intento

Los autores François Pérez Ayrault, Carmen Cordero Amores, Antonio Bosch Conde, Isabel del Río, Fernando Pérez Sanjuán, Merche Carneiro, Víctor J. Maicas, David Sáez Ruiz, María del Carmen Aranda, César Díez Serrano, Pedro García Gallego, Jordi Siracusa, Juan Martín-Mora Haba, Dioni Arroyo Merino y Juan Martín Salamanca nos cuentan en primera persona y en clave de humor sus inicios en el complicado mundo de la Literatura.



Me llamo Pánfilo

En octubre de 2007, terminé mi primer relato de más de 10000 palabras. Después conseguí escribir El primer otoño, una novela que me sirvió para aprender a escribir novelas. Más tarde llegó No es tan fácil morir, la que ha de ser por siempre mi ojito derecho.
Eladio, el Pegotes, la Loles, África, Caridad, Conce, Ernesto, Aurelio, Leandro... todos ellos han alcanzado la existencia, sobre todo, porque unos años antes encontré la voz narrativa de la mano de Pánfilo, un personaje esperpéntico, delirante y absurdo como la vida misma.
Esta historia fue el primer texto.
Todavía me hace sonreír cada vez que lo releo. Por eso he querido que se convirtiera en un libro para que todos podáis disfrutarlo.
En junio de 2014 salió a la luz, con la complicidad ya imprescindible de Éride Ediciones.
Espero que os guste.


Me llamo Pánfilo
(dos primeros capítulos)

Me llamo Pánfilo. Tengo treinta y cuatro años y escribo mis memorias escondido en la bodega de un velero bergantín (que no corta el mar, sino vuela)
Poco importa que no me crea. Usted dice que otra persona sólo me puede influir si le doy ese poder. A mí plim lo que usted piense. Antes me dolía que pensaran mal de mí, pero ahora plim y bien plim. Lo que opine la gente, me la repanpinfla bien repanpinflada, o plinflada, que nunca me aclaro. Desde que usted me dijo que no pueden hacerme daño si no quiero, soy feliz. Fíjese que gilipollez: me pego veinte años comiéndome la cabeza sobre lo que pudieran o pudiesen pensar de mí los demás y me entero en la bodega de un velero bergantín (que no corta el mar, sino vuela) de que todo eso importa una mierda.
No me está mal empleado, que diría mi viejo. No creo que abra la boca, después de la colleja que le di la última nochebuena, sobre todo porque desde entonces no ha vuelto a respirar. Además, que el viejo me la suda. Como no está en la lista de personas con derecho a influirme, requeteplim. Toda la vida diciéndome que soy un inútil, que no me está mal empleado esto, que no me está mal empleado aquello, que no voy a llegar a nada, que a mi vieja le pega porque le da la gana y porque es su mujer, que no me meta si no quiero recibir yo  también...
Pues ahora jódete. Yo sigo en la trena saldando mi deuda con la sociedad, pero tú estás bien fresquito en la tierrecita del cementeriecito, o cementeriíto, que nunca me aclaro. Y si tienes huevos, apareces esta noche en mi celda y me das un susto, que aún puede que te caiga un guantazo. No me olvido de ti. Todos los martes sales en la terapia. Dice el psiquiatra que he de perdonarte, que el rencor sólo me hace daño a mí, sobre todo ahora que la has cascao. Él, que hasta que no te perdone no descansaré, y yo que hasta que no te partí la cara no respiré; y él que bien, pero que ahora no hay solución y he de seguir con mi vida; y yo que me cago en mi vida y en mi padre, que el diablo lo guarde en la miseria; y él que me tranquilice, que ya seguiremos otro día y yo que vale, pero que me cago en mi padre. No sé por qué pierdo el tiempo contigo. A ver si pasa un día sin que vea tu careto en el espejo, que encima tengo la desgracia de parecerme a ti. Hasta en las cicatrices.
Por cierto, ya sabe usted que me llamo Paco. He dicho que me llamaba Pánfilo porque me ha salido de los cojones.

Capítulo segundo.

Después de la breve introducción en la que se esbozan algunos aspectos de mi inestable personalidad, he considerado, más sosegado, que debía comenzar mis memorias aludiendo a la más antigua de las imágenes que guardo en el corazón. De vez en cuando me dejo seducir por la magia de los recuerdos y, ebrio de nostalgia, llego a contemplar al niño que fui, peinadito a raya y vestido con el babi de parvulito. Parece que puedo verme: tan morenito, con esos ricitos rebeldes que sembraban ternura en las personas mayores, medianas y menores.
Mamá, siempre sonriente, cogía mi mano con firmeza. Me daba la seguridad necesaria para esquivar el miedo propio de un infante a la vez que fomentaba mi autoestima con su amor incondicional.
Cuando busco un rastro de lo que fui siempre me veo así, de la mano de mamá aquella mañana fría. La mañana de mi primer día de colegio. Don Felipe salió a recibirnos a la puerta del viejo edificio de ladrillo. Me miró con aquella sonrisa suya que casi escapaba del rostro y, guiñándome un ojo, me dijo: “Tú debes de ser Francisquito. No lo podrías negar, porque tienes los mismos ojos de travieso que tu papá cuando era como tú”.
Recuerdo su voz varonil, reconfortante como ninguna. A veces guardo silencio y mi estancia se inunda de cacofonías de don Felipe y Papá. Entonces pienso en lo mucho que les echo de menos y, tras enjugarme las lágrimas que resbalan por mis mejillas, me consuelo recordando que fui feliz.

David Sáez Ruiz. Octubre de 2007

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No es tan fácil morir
(pinceladas)

Esta mañana, nada más llegar, el aroma de las berzas se incrustó en mi alma. Profundo, manso, dulzón. Mientras el director nos explicaba, muy sonriente, detalles relativos a los horarios y los hábitos del centro, mi cabeza fantaseaba con que, al menos, el chef hubiera añadido jamón al sofrito. Mi Conchín todo era decir qué bonito esto y qué agradable aquello... Y yo, que al fin y al cabo voy a vivir aquí, pensaba en el sofrito.
¿Qué criterios sigue el pensamiento, que siempre se posa en lo circunstancial?
(Primera parte, capítulo 1)
Peor fue lo de mi Conchín, que se fue a enamorar del imbécil de mi yerno y todavía no ha descubierto que además de feo, es malo. Porque mi Ernesto tuvo la mirada esquiva (bizco, era bizco) la nariz inconveniente y el pelo muy provisional. Se ocupó siempre del negocio con fervor, no me faltó de nada, salvo un pelín de cariño. Podría decir que me respetó, me amó incluso, a su modo. Eran otros tiempos, qué sé yo. Pero este yerno mío es malo.
Al tiempo.
(Primera parte, capítulo 1)



... En las historias románticas no había encontrado ninguna referencia a:
El silencio de una cocina en febrero.
La angustia ante la fiebre de tu hija.
La textura de esparto de la voz de tu suegra en el teléfono.
La textura de esparto de la voz de tu suegra en persona.
La espera.
La caducidad del sabor de los besos.
La podredumbre que el humo del tabaco, otrora seductor, genera en los besos previamente citados.
La soledad.
El miedo a la soledad.
El miedo al miedo a la soledad.
La Soledad (así se llamaba mi suegra, y admítelo, era un chiste fácil).
El miedo a la Soledad.
El miedo al miedo a la Soledad.
(Yo solita me estoy riendo, hice bien en no morir).
La imposible curvatura de las croquetas.
El sonido del teléfono cuando continúas sola, con las manos pringadas de pasta de croquetas.
Llegar, al fin, a contestar, y que nunca fuera Ernesto.
El sexo después del amor.
El vacío que deja el amor, cuando muere.
El calor del verano, en soledad.
El calor del verano, con Soledad.
La certeza, la insoportable conciencia de que todo era mentira.
...
Nada aparecía en las novelas de amor.
Pero no mueres.
No es tan fácil morir.
(Primera parte, Capítulo 35)

Ahora mismo me voy a clase de informática. Ya le vamos cogiendo la marcha a Google y a Facebook. Yo me entretengo buscando canciones de Serrat, puedes ver la que quieras cuando quieras. Solo hay que escribir De vez en cuando la vida y pulsar en vídeos. Y luego sale Serrat, tan guapo y tan elegante como siempre, con ese temblor en la voz y esa mirada tan pícara y tan transparente. Y yo escucho la canción y le cuento a Daniela cuánto me gusta Serrat. Ella me acompaña y cuando me emociono, me coge la mano. Después buscamos un tango, casi siempre Alfonsina y el mar. Entonces ella se conmueve y yo le consuelo.
Ayer le conté por qué siempre lloro cuando escucho el final de De vez en cuando la vida.
A ti no te lo voy a contar.
(Primera parte, capítulo 45)

De este doce de marzo, me quedo con el abrazo de mis nietos. Andrea y Ramón han venido con su madre y me han arreglado la tarde. La niña tenía un día cariñoso, raro en ella desde que es una mujercica. Ramón
estaba algo serio, venía enfadado con su madre porque esta noche iban a cenar verdura. La Puri, que últimamente se la comen muy bien porque la combina con patatas fritas sobre platos negros, que al resaltar
más el color del brócoli y la zanahoria la combinación es más atractiva, hay que preparar la verdura con imaginación para que los chavales se acostumbren desde pequeños. El pequeño lleva la fruta regular,
pero han comprado una licuadora electrónica y si se preocupa de prepararles un zumo los martes y los jueves antes de la comida y los lunes y los miércoles antes de la cena, se la toman tan ricamente, Andrea mejor que Ramón, que ella es de cuidarse mucho y las frutas la vuelven loca, menos el plátano, el aguacate y la chirimoya, que tienen mucha grasa. Por lo visto, Ramón detesta las chirimoyas desde que una vez lo
disfrazó de chirimoya para el carnaval del cole, que hay que ver la faena que le costó inventar aquel disfraz y el disgusto que cogió el mocoso porque quería disfrazarse de Picacho, o Picachu, o qué sé yo. La de trabajos que tienen que hacer las madres hoy en día, y encima los niños nunca lo agradecen. Si fuera por ellos, estarían todo el día jugando a la Nintendo y comiendo hamburguesas y chucherías, pero desde luego en su casa no juegan más de una hora seguida, y por lo menos los suyos no tocan la ¿Güi, ha dicho? más que el fin de semana. Que ella no se va ameter donde no la llaman, pero los mellizos de Conchín se pegan todo el día con la consola, aunque tampoco es de extrañar, con lo que tienen en casa. Los críos, si no estás encima de ellos, te torean. Con el pescado es más difícil, últimamente se comen muy bien las varitas congeladas de merluza, aunque Andrea se quita todo el rebozado porque le da asco tanto aceite, que va todas las semanas a una pescadería del centro donde venden unas varitas de una marca nueva y hay que ver lo bien que se come Ramón el pescado así. Y lo más importante: se está pensando borrar a Ramón de fútbol y apuntarlo otra vez a inglés y a kárate, lo que pasa es que el kárate lo han puesto los viernes porque se han
empeñado media docena de madres y a ella le viene fatal el viernes por la tarde, pero yame contarás qué hace con el kimono, que le costó treinta euros hace dos años y allí está muerto de risa. Y ahora con el instituto es mejor, que por lo menos ya no hay clase por la tarde.
...
Cuando me ha dejado hablar, ya se tenían que ir.
No me ha dado tiempo a decirle que su hijo pequeño va a cumplir trece años y ya es hora de que se coma la verdura con aceite y vinagre en el primer plato que encuentre su madre. Que la fruta, cuando es de temporada, ha estado muy buena toda la vida, mucho antes de inventar las licuadoras espaciales y los exprimidores electrónicos. Que no es normal que una chiquilla de casi quince años se preocupe de la grasa
que tienen las chirimoyas, que lo importante de una chirimoya es no atragantarse con los huesos tan gordos que tiene. Que yo cada vez la veo más delgada y ella, que es su madre, parece que no se da cuenta de
que su hija está agarrando una enfermedad rara de esas que ni a nombrar me atrevo, pero la próxima vez que venga mi hijo a verme, se lo pienso soltar de buenas a primeras, me ponga los morros que me ponga.
Que no me extraña que siempre se esté quejando de lo estresada que está y del poco tiempo que le queda para ella. Hoy en día, para que los niños coman fruta y verdura hay que tener formación en bellas artes
para combinar los platos y acordarse de cuándo toca licuar media docena de manzanas, según sea martes por la mañana o jueves por la tarde. Después, para que se relacionen con otros seres humanos y no se les
caigan los ojos de puro irritados, hay que estar pendiente de que dejen de jugar a las consolas cuando pasa una hora. Si todo va bien y no se retrasan en las extraescolares, a las 21.45 de cualquier miércoles han terminado los deberes, se han comido una zanahoria y tres peras licuadas.
...
Poco me gusta predicar lo bueno que antes era todo, me niego a parecer una abuela de esas que siempre están renegando de los tiempos modernos.
Pero vamos...
Que antes, para que comiéramos fruta, con dejarla un cuarto de hora a la vista era suficiente, desaparecía antes de lo que cuesta enchufar un exprimidor.
Que yo no vi una chirimoya hasta que cumplí los cuarenta años.
Lo de antes, mal.
Pero lo de ahora..., lo de ahora es raro.
(Segunda parte, Capítulo 18)

Curiosa lucidez, la de los cuerdos corrientes:
Un día te casas con otro ser humano, lo decoras con tus expectativas y empiezas a verlo tal como lo imaginaste. La convivencia se revela como el mejor de los antídotos contra el encantamiento y entonces sientes que todos los relojes llegan tarde para ti. Alternas los días en que exiges al otro que se convierta en tu príncipe azul, con las noches que intentas convertirte en la princesa que él espera.
Y te lías.
Una parte de ti comprende enseguida que el otro jamás cambiará.
A pesar de ello, lo sigues intentando con palabras, con miradas teñidas de censura y morros que terminan enquistados en tu sonrisa.
Anhelas lo imposible.
Te condenas a la frustración.
Cuando diriges toda tu energía a convertirte en lo que el otro espera de ti, es mucho peor.
A veces, durante algunos instantes, lo consigues.
Pero te mueres de asco.
Cógelo por donde puedas.
(Segunda parte, capítulo 60)

"El aire, peinado por los pinares recién mojados, olía a septiembre. El mes de los finales y de los comienzos se anunciaba próximo y Eladio no pudo contener un suspiro de inquietud. Después de treinta días regresaría al internado, a comer escalopes con mayonesa rosa y yogures a punto de caducar. Cada lunes, durante un millón de meses, madrugaría para coger el autobús de los estudiantes, dejaría su macuto en el maletero y buscaría un asiento cerca de la calefacción. Sin ganas de hablar a esas horas, fingiría dormir para que los escasos compañeros que se sumaban al viaje en los pueblos vecinos no le molestaran. En los meses de invierno, vería el amanecer de la Sierra desde una ventanilla bañada en frío y llegaría a Teruel a la misma hora que los primeros rayos de sol.

Por fortuna, entre el presente y el abismo que aguardaba al otro lado del verano se interponían las fiestas, lo más sagrado entre lo conocido."



Gracias a todos por estar ahí .De todo lo que habéis publicado en estos dos años en las páginas promocionales del libro, me voy a quedar con un mensaje enviado por Javier Solana Rodriguez, lector de un pueblo al norte de Madrid en noviembre de 2011, que consiguió emocionarme en nombre de todos vosotros. Decía así: 

"Estimado David, el motivo por el cual me dirijo a usted es para mostrarle mi mas sincero agradecimiento y admiración porque acabo de leer su libro "El primer otoño".
Sin ánimo de aburrirle me gustaría darle un par de pinceladas sobre mi vida para que entienda por que me ha calado tan hondo este relato:
Tengo 39 años, vivo en un pueblecito del norte de Madrid y este verano hemos cumplido el vigesimo-cuarto aniversario de la fundación de nuestra peña, "Es lo suyo". Incluso nuestras fiestas también son en Septiembre, lo que me hace coincidir con Eladio hasta en el sentimiento del verdadero final del verano que intentamos estirar como un chicle hasta el 20 ó 22 de Septiembre. Ahora que todos tenemos niños las fiestas las vivimos de otro modo (aunque seguimos dandolo todo, al menos durante un fin de semana), pero lo que me ha parecido increible ha sido descubrir que alguien (a quien no conozco) ha escrito las paginas de mi diario correspondiente a mis 17 años, justo en 1989. Solo tengo que cambiar los nombres de los personajes y encajan a la perfección en mi vida, porque ¿quien no ha tenido en el grupo de la adolescencia un "pegotes"? tan sobrado y seguro de si mismo. ¿Un verdadero amigo como Jaime?, ¿Una Loles? en la que podiamos encontrar el equilibrio del alma pero que por tenerla delante de nuestras narices no lo veiamos. Y por desgracia y por ventura ¿quien no ha tenido / sufrido con una Africa? Esa tormenta de sentimientos encontrados, esa inseguridad propia de la edad, esa capacidad para hacer por ella las mayores proezas y los mas grandes ridículos o absurdos..... pero que son fundamentales tanto para madurar como para enriquecer nuestra experiencia vital.
En definitiva, aparte de sentirme plenamente identificado con los sentimientos de Eladio, con su entorno rural, con los trepidantes dias de fiestas en los que se ambienta la obra, con el choque generacional (me parece buenisima la frase " él solo compartia con sus padres el planeta y el siglo en el que le habia tocado vivir").... también tengo que decirle que hay pasajes como el de las ofrendas al ponche con el que me he reido a carcajadas ( ¡ todo coincide con la realidad !

Como despedida le diré que tengo intención de conservar este libro de un modo especial porque si algún día (y Diós no lo quiera) me olvido de lo que es ser adolescente siempre podré releer "El primer otoño".
Un vez mas, muchas gracias."








lunes, 26 de mayo de 2014

Relatos

En octubre de 2007, terminé mi primer relato de más de 10000 palabras. Después conseguí escribir El primer otoño, una novela que me sirvió para aprender a escribir novelas. Más tarde llegó No es tan fácil morir, la que ha de ser por siempre mi ojito derecho.
Eladio, el Pegotes, la Loles, África, Caridad, Conce, Ernesto, Aurelio, Leandro... todos ellos han alcanzado la existencia, sobre todo, porque unos años antes encontré la voz narrativa de la mano de Pánfilo, un personaje esperpéntico, delirante y absurdo como la vida misma.
Esta historia fue el primer texto propio que realmente me gustó.
Todavía me hace sonreír cada vez que lo releo. Por eso he querido que se convirtiera en un libro para que todos podáis disfrutarlo.
Durante los primeros días de junio, saldrá a la luz, con la complicidad ya imprescindible de Éride Ediciones.
Espero que os guste.




Me llamo Pánfilo
(dos primeros capítulos)


Me llamo Pánfilo. Tengo treinta y cuatro años y escribo mis memorias escondido en la bodega de un velero bergantín (que no corta el mar, sino vuela)
Poco importa que no me crea. Usted dice que otra persona sólo me puede influir si le doy ese poder. A mí plim lo que usted piense. Antes me dolía que pensaran mal de mí, pero ahora plim y bien plim. Lo que opine la gente, me la repanpinfla bien repanpinflada, o plinflada, que nunca me aclaro. Desde que usted me dijo que no pueden hacerme daño si no quiero, soy feliz. Fíjese que gilipollez: me pego veinte años comiéndome la cabeza sobre lo que pudieran o pudiesen pensar de mí los demás y me entero en la bodega de un velero bergantín (que no corta el mar, sino vuela) de que todo eso importa una mierda.
No me está mal empleado, que diría mi viejo. No creo que abra la boca, después de la colleja que le di la última nochebuena, sobre todo porque desde entonces no ha vuelto a respirar. Además, que el viejo me la suda. Como no está en la lista de personas con derecho a influirme, requeteplim. Toda la vida diciéndome que soy un inútil, que no me está mal empleado esto, que no me está mal empleado aquello, que no voy a llegar a nada, que a mi vieja le pega porque le da la gana y porque es su mujer, que no me meta si no quiero recibir yo  también...
Pues ahora jódete. Yo sigo en la trena saldando mi deuda con la sociedad, pero tú estás bien fresquito en la tierrecita del cementeriecito, o cementeriíto, que nunca me aclaro. Y si tienes huevos, apareces esta noche en mi celda y me das un susto, que aún puede que te caiga un guantazo. No me olvido de ti. Todos los martes sales en la terapia. Dice el psiquiatra que he de perdonarte, que el rencor sólo me hace daño a mí, sobre todo ahora que la has cascao. Él, que hasta que no te perdone no descansaré, y yo que hasta que no te partí la cara no respiré; y él que bien, pero que ahora no hay solución y he de seguir con mi vida; y yo que me cago en mi vida y en mi padre, que el diablo lo guarde en la miseria; y él que me tranquilice, que ya seguiremos otro día y yo que vale, pero que me cago en mi padre. No sé por qué pierdo el tiempo contigo. A ver si pasa un día sin que vea tu careto en el espejo, que encima tengo la desgracia de parecerme a ti. Hasta en las cicatrices.
Por cierto, ya sabe usted que me llamo Paco. He dicho que me llamaba Pánfilo porque me ha salido de los cojones.

Capítulo segundo.

Después de la breve introducción en la que se esbozan algunos aspectos de mi inestable personalidad, he considerado, más sosegado, que debía comenzar mis memorias aludiendo a la más antigua de las imágenes que guardo en el corazón. De vez en cuando me dejo seducir por la magia de los recuerdos y, ebrio de nostalgia, llego a contemplar al niño que fui, peinadito a raya y vestido con el babi de parvulito. Parece que puedo verme: tan morenito, con esos ricitos rebeldes que sembraban ternura en las personas mayores, medianas y menores.
Mamá, siempre sonriente, cogía mi mano con firmeza. Me daba la seguridad necesaria para esquivar el miedo propio de un infante a la vez que fomentaba mi autoestima con su amor incondicional.
Cuando busco un rastro de lo que fui siempre me veo así, de la mano de mamá aquella mañana fría. La mañana de mi primer día de colegio. Don Felipe salió a recibirnos a la puerta del viejo edificio de ladrillo. Me miró con aquella sonrisa suya que casi escapaba del rostro y, guiñándome un ojo, me dijo: “Tú debes de ser Francisquito. No lo podrías negar, porque tienes los mismos ojos de travieso que tu papá cuando era como tú”.
Recuerdo su voz varonil, reconfortante como ninguna. A veces guardo silencio y mi estancia se inunda de cacofonías de don Felipe y Papá. Entonces pienso en lo mucho que les echo de menos y, tras enjugarme las lágrimas que resbalan por mis mejillas, me consuelo recordando que fui feliz.

David Sáez Ruiz. Octubre de 2007

viernes, 21 de febrero de 2014

Pinceladas

Magia



Un día, el personaje asalta la rutina del autor, le arranca de la realidad y le ayuda a vivir otras vidas, surcar otros sueños, sentir a través de otra piel. 
Ambos juegan a inventarse.
El autor necesita existir de otra manera y el personaje no puede ni imaginar que es de papel. 
Cada vez que sus andanzas penetran en el alma de un lector, gana una vida extra.
El lector perfila su rostro, siente su dolor y su miedo, sueña, desea, llora y ríe con él. 
Una noche, la lectura termina.
El lector suspira porque alguna vez, alguien, llegue a conocerle tan bien como él conoció a su personaje.

sábado, 26 de octubre de 2013

No es tan fácil morir. Pinceladas



Esta mañana, nada más llegar, el aroma de las berzas se incrustó en mi alma. Profundo, manso, dulzón. Mientras el director nos explicaba, muy sonriente, detalles relativos a los horarios y los hábitos del centro, mi cabeza fantaseaba con que, al menos, el chef hubiera añadido jamón al sofrito. Mi Conchín todo era decir qué bonito esto y qué agradable aquello... Y yo, que al fin y al cabo voy a vivir aquí, pensaba en el sofrito.
¿Qué criterios sigue el pensamiento, que siempre se posa en lo circunstancial?
(Primera parte, capítulo 1)




Peor fue lo de mi Conchín, que se fue a enamorar del imbécil de mi yerno y todavía no ha descubierto que además de feo, es malo. Porque mi Ernesto tuvo la mirada esquiva (bizco, era bizco) la nariz inconveniente y el pelo muy provisional. Se ocupó siempre del negocio con fervor, no me faltó de nada, salvo un pelín de cariño. Podría decir que me respetó, me amó incluso, a su modo. Eran otros tiempos, qué sé yo. Pero este yerno mío es malo.
Al tiempo.
(Primera parte, capítulo 1)




... En las historias románticas no había encontrado ninguna referencia a:
El silencio de una cocina en febrero.
La angustia ante la fiebre de tu hija.
La textura de esparto de la voz de tu suegra en el teléfono.
La textura de esparto de la voz de tu suegra en persona.
La espera.
La caducidad del sabor de los besos.
La podredumbre que el humo del tabaco, otrora seductor, genera en los besos previamente citados.
La soledad.
El miedo a la soledad.
El miedo al miedo a la soledad.
La Soledad (así se llamaba mi suegra, y admítelo, era un chiste fácil).
El miedo a la Soledad.
El miedo al miedo a la Soledad.
(Yo solita me estoy riendo, hice bien en no morir).
La imposible curvatura de las croquetas.
El sonido del teléfono cuando continúas sola, con las manos pringadas de pasta de croquetas.
Llegar, al fin, a contestar, y que nunca fuera Ernesto.
El sexo después del amor.
El vacío que deja el amor, cuando muere.
El calor del verano, en soledad.
El calor del verano, con Soledad.
La certeza, la insoportable conciencia de que todo era mentira.
...
Nada aparecía en las novelas de amor.
Pero no mueres.
No es tan fácil morir.
(Primera parte, Capítulo 35)




Ahora mismo me voy a clase de informática. Ya le vamos cogiendo la marcha a Google y a Facebook. Yo me entretengo buscando canciones de Serrat, puedes ver la que quieras cuando quieras. Solo hay que escribir De vez en cuando la vida y pulsar en vídeos. Y luego sale Serrat, tan guapo y tan elegante como siempre, con ese temblor en la voz y esa mirada tan pícara y tan transparente. Y yo escucho la canción y le cuento a Daniela cuánto me gusta Serrat. Ella me acompaña y cuando me emociono, me coge la mano. Después buscamos un tango, casi siempre Alfonsina y el mar. Entonces ella se conmueve y yo le consuelo.
Ayer le conté por qué siempre lloro cuando escucho el final de De vez en cuando la vida.
A ti no te lo voy a contar.
(Primera parte, capítulo 45)




De este doce de marzo, me quedo con el abrazo de mis nietos. Andrea y Ramón han venido con su madre y me han arreglado la tarde. La niña tenía un día cariñoso, raro en ella desde que es una mujercica. Ramón
estaba algo serio, venía enfadado con su madre porque esta noche iban a cenar verdura. La Puri, que últimamente se la comen muy bien porque la combina con patatas fritas sobre platos negros, que al resaltar
más el color del brócoli y la zanahoria la combinación es más atractiva, hay que preparar la verdura con imaginación para que los chavales se acostumbren desde pequeños. El pequeño lleva la fruta regular,
pero han comprado una licuadora electrónica y si se preocupa de prepararles un zumo los martes y los jueves antes de la comida y los lunes y los miércoles antes de la cena, se la toman tan ricamente, Andrea mejor que Ramón, que ella es de cuidarse mucho y las frutas la vuelven loca, menos el plátano, el aguacate y la chirimoya, que tienen mucha grasa. Por lo visto, Ramón detesta las chirimoyas desde que una vez lo
disfrazó de chirimoya para el carnaval del cole, que hay que ver la faena que le costó inventar aquel disfraz y el disgusto que cogió el mocoso porque quería disfrazarse de Picacho, o Picachu, o qué sé yo. La de trabajos que tienen que hacer las madres hoy en día, y encima los niños nunca lo agradecen. Si fuera por ellos, estarían todo el día jugando a la Nintendo y comiendo hamburguesas y chucherías, pero desde luego en su casa no juegan más de una hora seguida, y por lo menos los suyos no tocan la ¿Güi, ha dicho? más que el fin de semana. Que ella no se va ameter donde no la llaman, pero los mellizos de Conchín se pegan todo el día con la consola, aunque tampoco es de extrañar, con lo que tienen en casa. Los críos, si no estás encima de ellos, te torean. Con el pescado es más difícil, últimamente se comen muy bien las varitas congeladas de merluza, aunque Andrea se quita todo el rebozado porque le da asco tanto aceite, que va todas las semanas a una pescadería del centro donde venden unas varitas de una marca nueva y hay que ver lo bien que se come Ramón el pescado así. Y lo más importante: se está pensando borrar a Ramón de fútbol y apuntarlo otra vez a inglés y a kárate, lo que pasa es que el kárate lo han puesto los viernes porque se han
empeñado media docena de madres y a ella le viene fatal el viernes por la tarde, pero yame contarás qué hace con el kimono, que le costó treinta euros hace dos años y allí está muerto de risa. Y ahora con el instituto es mejor, que por lo menos ya no hay clase por la tarde.
...
Cuando me ha dejado hablar, ya se tenían que ir.
No me ha dado tiempo a decirle que su hijo pequeño va a cumplir trece años y ya es hora de que se coma la verdura con aceite y vinagre en el primer plato que encuentre su madre. Que la fruta, cuando es de temporada, ha estado muy buena toda la vida, mucho antes de inventar las licuadoras espaciales y los exprimidores electrónicos. Que no es normal que una chiquilla de casi quince años se preocupe de la grasa
que tienen las chirimoyas, que lo importante de una chirimoya es no atragantarse con los huesos tan gordos que tiene. Que yo cada vez la veo más delgada y ella, que es su madre, parece que no se da cuenta de
que su hija está agarrando una enfermedad rara de esas que ni a nombrar me atrevo, pero la próxima vez que venga mi hijo a verme, se lo pienso soltar de buenas a primeras, me ponga los morros que me ponga.
Que no me extraña que siempre se esté quejando de lo estresada que está y del poco tiempo que le queda para ella. Hoy en día, para que los niños coman fruta y verdura hay que tener formación en bellas artes
para combinar los platos y acordarse de cuándo toca licuar media docena de manzanas, según sea martes por la mañana o jueves por la tarde. Después, para que se relacionen con otros seres humanos y no se les
caigan los ojos de puro irritados, hay que estar pendiente de que dejen de jugar a las consolas cuando pasa una hora. Si todo va bien y no se retrasan en las extraescolares, a las 21.45 de cualquier miércoles han terminado los deberes, se han comido una zanahoria y tres peras licuadas.
...
Poco me gusta predicar lo bueno que antes era todo, me niego a parecer una abuela de esas que siempre están renegando de los tiempos modernos.
Pero vamos...
Que antes, para que comiéramos fruta, con dejarla un cuarto de hora a la vista era suficiente, desaparecía antes de lo que cuesta enchufar un exprimidor.
Que yo no vi una chirimoya hasta que cumplí los cuarenta años.
Lo de antes, mal.
Pero lo de ahora..., lo de ahora es raro.
(Segunda parte, Capítulo 18)




Curiosa lucidez, la de los cuerdos corrientes:
Un día te casas con otro ser humano, lo decoras con tus expectativas y empiezas a verlo tal como lo imaginaste. La convivencia se revela como el mejor de los antídotos contra el encantamiento y entonces sientes que todos los relojes llegan tarde para ti. Alternas los días en que exiges al otro que se convierta en tu príncipe azul, con las noches que intentas convertirte en la princesa que él espera.
Y te lías.
Una parte de ti comprende enseguida que el otro jamás cambiará.
A pesar de ello, lo sigues intentando con palabras, con miradas teñidas de censura y morros que terminan enquistados en tu sonrisa.
Anhelas lo imposible.
Te condenas a la frustración.
Cuando diriges toda tu energía a convertirte en lo que el otro espera de ti, es mucho peor.
A veces, durante algunos instantes, lo consigues.
Pero te mueres de asco.
Cógelo por donde puedas.
(Segunda parte, capítulo 60)





domingo, 20 de octubre de 2013

No es tan fácil morir





P R Ó L O G O

NO ES TAN FÁCIL MORIR

 “No es tan fácil morir” proclama  Caridad, la casi octogenaria protagonista de esta novela que David Sáez Ruiz nos regala para disfrute de quienes gustamos de la buena literatura. Una afirmación que desafía cualquier lógica comúnmente aceptada y más a esas alturas de la vida y que sirve de título a la obra. En realidad, no es tan fácil creer que David no haya sido, en alguna reencarnación anterior, la propia Caridad, de manera  que solamente se haya dejado llevar, al redactar el diario que da cuerpo a la novela, por lo que le haya dictado la simple descripción de ese déjà vu. Y una vez culminada la lectura, no es tan fácil creer que tampoco en esta vida presente David no sea una mujer madura, sino un hombre cuarentón que apenas acaba de concluir su segunda novela, tras aquella primera que se llamó El primer otoño.

El diario que Caridad se empeña en escribir  en el tardío otoño, o más bien ya invierno, de su propia vida está articulado en torno a la lectura de la madre de todas las novelas que en la literatura universal han sido: El Quijote. David se ha impregnado de Quijote hasta los tuétanos para ofrecerle a ella un asidero sobre el que articular su extraordinario soliloquio: el diario. Que en contra de lo que Caridad afirma, está escrito precisamente con la mal disimulada, en realidad, irresistible esperanza de que algún lector fisgón viole su intimidad y se apodere de los secretos tantos años por ella guardados con el recato propio de la educación que nuestras sufridas madres recibieron.

David ha tomado prestados los nombres de cada capítulo, para añadir, justo a continuación un significativo fragmento de la obra cumbre cervantina, a partir del cual  Caridad penetra con audacia en el alma humana desde sus propias vivencias presentes y pretéritas, en un relato lleno de sinceridad y de quijotesca amargura. Y sobre todo, de magnífica literatura. Es, por tanto también, toda una antología de textos del Quijote, que le dan argamasa al relato. Aunque quizás en este caso más debiéramos decir argamasilla y no precisamente en tono despectivo, sino como velado homenaje al presunto lugar de La Mancha del que don Miguel de Cervantes no quiso acordarse, al menos en público. Estas selectas píldoras quijotescas, aparte de ofrecernos  un compendio excepcional de toda la obra, nos invitan a volver a leerla de nuevo. Y si es que alguien aún no lo ha hecho, se sentirá a empujado, por fin, a su lectura nada más concluir la de No es tan fácil morir, pues ya no le será tan fácil vivir sin haber leído completas las aventuras del ingenioso hidalgo. Y ese estímulo es también el caritativo obsequio, en el doble sentido, que David ofrece a sus lectores.

Disfrutamos mucho hace ya casi tres años con El primer otoño, una novela en la que el mismo David rendía tributo a su necesariamente idealizada juventud y a las fiestas, “únicas en el mundo” de su Albarracín. Pero detrás de aquella opera prima, ya se vislumbraba su calidad literaria, no muy habitual en un neófito del género novelístico. A pesar de ello, ni sus mejores amigos, entre los que tengo la dicha de encontrarme y que ya entonces nos dimos cuenta de lo bien que escribía David, hubiéramos podido pronosticar, que en tan poco tiempo, fuera capaz de dar el salto de madurez que existe entre ambas obras. Porque es indudable que, ahora sí, nos hallamos ante una gran novela. De esas que cuando te has puesto a leerlas, parece que te agarran por la pechera y te impiden soltarlas hasta el final, dejando de lado todo lo demás que pudieras estar haciendo.

Caridad nos atrae y nos conduce hacia su mundo donde existen paradojas como el “maleficio de la duda” o en el que se puede estar “cuerdo de remate”. Y donde se proclama una y otra vez: “bendita locura, la de Don Quijote”. Pero es un mundo totalmente actual, donde se presentan con descarnada ironía los manejos de sus hijos para ingresarla, por el bien de ella, en una residencia de la tercera edad, denominada Septiembre cálido, un eufemismo muy al uso de la actual dictadura de lo políticamente correcto; que no es sino la rancia hipocresía travestida de globalidad y competitividad. ¡Malditos palabros, vive Dios!

Hay divertidas definiciones como la del recién citado Septiembre cálido al que denomina “un colegio de parvulitos arrugados”. O sabias reflexiones como que “la muerte siempre sorprende. Incluso en una residencia de ancianos parece increíble que alguien se muera (cuando lo milagroso es lo contrario)”. O “por ignorancia o por demencia, cuando la quimera es dulce, creer se antoja inevitable”. O “quizás el poso más amargo que deja el Quijote es el reflejo de las propias miserias”. O cuando asevera que “Don Quijote no está más loco que cualquier enamorado”. O al criticar con velada ironía y aguda retranca los esfuerzos de su nieta por adelgazar, que se traducen en lo que denomina “la dieta de la luna” debido a que la chica tiene  “obsesión por menguar”, comiendo “lechuga entre pan y pan” achacándolo a las manías de la madre de la criatura en idéntico sentido.

Como buen psicólogo, que lo es por vocación y profesión, David aprovecha su mucha sabiduría en la materia para ir trufando el texto de geniales disquisiciones que hábilmente atribuye a Caridad: “Todas las madres tenemos algo de Don Quijote. Los hijos se comportan como los afligidos y los tristes que piden socorro al fuerte brazo del caballero. ¿Me habrán visto alguna vez vestida con armadura, lanza en mano? ¿No se dan cuenta de que además de ser madre, soy vieja y necesito la ayuda y el consuelo como el que más? ¿Actué yo igual con mis padres? Supongo que sí”. 

Casi al final, Caridad evoca la canción de Joan Manuel Serrat titulada De vez en cuando la vida, en el momento en que decide desvelar su secreto mejor guardado y que es, en realidad, el motor de todas las grandes quijotescas ensoñaciones que la mantienen con una vida que culmina leyendo, al fin ella también, el Quijote, que es de donde saca la energía para escribir y concluir su apasionante diario.

Yo también voy a terminar contándoles que la relación de amistad nos une a David y a mí también tiene mucho de quijotesco. Porque nuestra bendita locura compartida consiste en que nuestra Dulcinea futbolera es un pequeño equipo de provincias: la simpar Real Sociedad de San Sebastián. Lo mío aún tiene una explicación más lógica, pues soy donostiarra y no ser de la Real aquí, en San Sebastián, cuando –  y sobre todo porque en la infancia no hubiéramos podido ni soñarlo – uno tiene la edad de haberle visto ganar dos ligas, una copa y otra supercopa, así como alguna otra hazaña más reciente, es algo que se lleva hasta la muerte… que a veces parece algo inminente sobre todo cuando nos da por bajar a Segunda División. Pero lo de David aún me supera con creces, pues lo suyo comienza cuando él tenía apenas ocho años con una retahíla de nombres que empezaba en Arconada y terminaba en Lopez Ufarte, pasando por Celayeta, Górriz, Gajate, Kortabarria, Olaizola, Diego, Alonso, Idigoras, Satrústegui… y Zamora; sobre todo, Zamora el hombre que con su gol de Gijón, sin él saberlo cambió nuestras vidas y empezó a unirlas hasta que nuestros caminos convergieron hace poco más de una década en la Peña Zezen Txiki (Torico, en euskara) de Teruel, donde uno descubrió el milagro de que, no sólo existía el propio Teruel,  sino que también existían más de una treintena de seguidores de nuestra Real. A la que yo, además, llevaba siguiendo ya casi treinta años como periodista deportivo. Desde entonces, al igual que los cristianos se dicen hermanos en Cristo, somos David y yo hermanos en la Real.

Y es que Jesús Mari Zamora mató aquella tarde del 26 de abril de 1981 al gigante Real Madrid como David mató a Goliat.  Quizás ahí estuvo la clave de que nuestro David sintiera, en aquella lejana infancia de Albarracín, que también él había participado de la mayor hazaña que conocieron los tiempos: que otro pequeño David, que resultó ser su alter ego, derribara a Goliat cuando sólo faltaban 23 segundos para que el gigante estuviera de nuevo a punto de imponer su ley inexorable y – ¿por qué no decirlo? – insoportable, cada vez más insoportable. Y para rizar el rizo de esta sutil trama del destino y siendo como es la de los molinos de viento la aventura más célebre de cuantas acontecieron al nuestro ingenioso hidalgo Don Quijote, también en aquella hazaña, de la que siempre me resulta grato acordarme, hay un lugar para algo que su propio nombre denota que es molino y gigante a la vez: El Molinón de Gijón, desde donde salió volando hasta Valladolid la letal lanza que traspasó al merengado gigante que ya celebraba, insaciable, un nuevo triunfo, sobre el viejo feudo pucelano que llevaba  el nombre de José Zorrilla.  Don Juan Tenorio Gómez, vulgo Juanito, había hincado su rodilla en un gesto que iba ser de gratitud a los cielos y que terminó tornándose grotesca imagen de seductor engañado y derrotado. 

La verdad es que unos cuantos años antes de aquel prodigio, exactamente, en 1975, yo ya me había prendado de Albarracín, pese a lo cual, cosas de la vida,  no volví hasta 27   años después, ya casado y con dos hijos, cuando la peña turolense de la Real me nombró su socio de honor, algo inolvidable y que fue realmente el origen de esta gran amistad. Un honor solo igualado por la invitación que David Saéz Ruiz me hizo para que escribiera el prólogo de este libro excepcional: No es tan fácil morir. En el cual descubriréis que, en justa correspondencia a mi platónico amor por su Albarracín del alma, su querencia por mi Donostia-San Sebastián, no se circunscribe únicamente a los colores blanquiazules, txurirudiñak, de la Real Sociedad, sino que  se extienden por la propia ciudad, con la que también  Caridad sueña una y otra vez; así como por Gipuzkoa; de la misma manera en que yo mismo no me quedo sólo con Albarracín, sino que también aspiro a ser un nuevo y humilde, aunque ya sesentón, amante de Teruel.

Y ahora, queridos lectores, aun a sabiendas de que la calidad literaria de este prólogo no alcanza ni de lejos, la de la novela, les animo y les invito a entrar sin dilación en la magistral prosa de David Sáez Ruiz en No es tan fácil morir. Les garantizo que no es tan fácil dejarla; más bien, todo lo contrario. Háganlo por Caridad, su protagonista y por Don Quijote de la Mancha.

Gorka Reizabal Pato
Periodista de la Real

y amante de Teruel y Albarracín

domingo, 21 de abril de 2013

Filias




La voz del trueno

El buen amigo Enrique Bernad, se tomó hace años el trabajo de digitalizar estas grabaciones de la rondalla de Albarracín a principios de los años 80. Tuvo además el detalle de regalarme un dvd con todas ellas. 
Algunos de los protagonistas ya no están con nosotros, pero gracias a la música, eso nunca es del todo cierto. 
Esta entrada es un homenaje a todos ellos y al propio Enrique.