Pánfilo
Me llamo Pánfilo. Tengo treinta y cuatro años y escribo mis memorias escondido en la bodega de un velero bergantín (que no corta el mar, sino vuela)
Poco importa que no me crea. Usted dice que otra persona sólo me puede influir si le doy ese poder. A mí plim lo que usted piense. Antes me dolía que pensaran mal de mí, pero ahora plim y bien plim. Lo que opine la gente, me la repanpinfla bien repanpinflada, o plinflada, que nunca me aclaro. Desde que usted me dijo que no pueden hacerme daño si no quiero, soy feliz. Fíjese que gilipollez: me pego veinte años comiéndome la cabeza sobre lo que pudieran o pudiesen pensar de mí los demás y me entero en la bodega de un velero bergantín (que no corta el mar, sino vuela) de que todo eso importa una mierda.
No me está mal empleado, que diría mi viejo. No creo que abra la boca, después de la colleja que le di la última nochebuena, sobre todo porque desde entonces no ha vuelto a respirar. Además, que el viejo me la suda. Como no está en la lista de personas con derecho a influirme, requeteplim. Toda la vida diciéndome que soy un inútil, que no me está mal empleado esto, que no me está mal empleado aquello, que no voy a llegar a nada, que a mi vieja le pega porque le da la gana y porque es su mujer, que no me meta si no quiero recibir yo también...
Pues ahora jódete. Yo sigo en la trena saldando mi deuda con la sociedad, pero tú estás bien fresquito en la tierrecita del cementeriecito, o cementeriíto, que nunca me aclaro. Y si tienes huevos, apareces esta noche en mi celda y me das un susto, que aún puede que te caiga un guantazo. No me olvido de ti. Todos los martes sales en la terapia. Dice el psiquiatra que he de perdonarte, que el rencor sólo me hace daño a mí, sobre todo ahora que la has cascao. Él, que hasta que no te perdone no descansaré, y yo que hasta que no te partí la cara no respiré; y él que bien, pero que ahora no hay solución y he de seguir con mi vida; y yo que me cago en mi vida y en mi padre, que el diablo lo guarde en la miseria; y él que me tranquilice, que ya seguiremos otro día y yo que vale, pero que me cago en mi padre. No sé por qué pierdo el tiempo contigo. A ver si pasa un día sin que vea tu careto en el espejo, que encima tengo la desgracia de parecerme a ti. Hasta en las cicatrices.
Por cierto, ya sabe usted que me llamo Paco. He dicho que me llamaba Pánfilo porque me ha salido de los cojones.
Capítulo segundo.
Después de la breve introducción en la que se esbozan algunos aspectos de mi inestable personalidad, he considerado, más sosegado, que debía comenzar mis memorias aludiendo a la más antigua de las imágenes que guardo en el corazón. De vez en cuando me dejo seducir por la magia de los recuerdos y, ebrio de nostalgia, llego a contemplar al niño que fui, peinadito a raya y vestido con el babi de parvulito. Parece que puedo verme: tan morenito, con esos ricitos rebeldes que sembraban ternura en las personas mayores, medianas y menores.
Mamá, siempre sonriente, cogía mi mano con firmeza. Me daba la seguridad necesaria para esquivar el miedo propio de un infante a la vez que fomentaba mi autoestima con su amor incondicional.
Cuando busco un rastro de lo que fui siempre me veo así, de la mano de mamá aquella mañana fría. La mañana de mi primer día de colegio. Don Felipe salió a recibirnos a la puerta del viejo edificio de ladrillo. Me miró con aquella sonrisa suya que casi escapaba del rostro y, guiñándome un ojo, me dijo: “Tú debes de ser Francisquito. No lo podrías negar, porque tienes los mismos ojos de travieso que tu papá cuando era como tú”.
Recuerdo su voz varonil, reconfortante como ninguna. A veces guardo silencio y mi estancia se inunda de cacofonías de don Felipe y Papá. Entonces pienso en lo mucho que les echo de menos y, tras enjugarme las lágrimas que resbalan por mis mejillas, me consuelo recordando que fui feliz.
Capítulo mierda.
Don Felipe era el cabrón más grande que ha parido el mundo. Entre el viejo y él me amargaron la existencia. Si sus mamás hubieran abortado, Francisquito, en lugar de estar tonto perdido, sería ahora feliz porque no habría nacido. Fíjese, señor psiquiatra: si en esta vida me han dado, pongamos que cincuenta millones de bofetadas, entre el uno y el otro suman cuarenta y nueve millones, novecientas cincuenta y siete mil, trescientas noventa y nueve. Don Felipe me dio la primera de las que recibí fuera de casa:
Había que llevar un cuaderno nuevo de Rubio, de esos verdes. La vieja salió con que podía utilizar el de mi hermana y yo, pues como crío, lo que la vieja dijera. Llegué un cuarto de hora tarde, con la cara bien caliente por haberme dormido y, después de comerme una hora de rodillas, don Felipe me pidió el cuadernillo y se lo di. Al verlo empezó con que si me creía que era idiota, que de quién me quería reír y si era imbécil. Le dije que de imbécil nada, que la vieja había salido con aquello y que yo qué iba a hacer. Total, que me cayó. Me estampó un guantazo tan fuerte que los demás chavales se asustaron más que yo. A mí no me dio la gana llorar, y eso debió de picarle, porque empezó a gritar como un loco y a llamarme chulillo, gamberro y sinvergüenza.
Un pedazo de cabrón, don Felipe. Creo que aquel día se me cruzó para siempre. Más tarde, cuando le abrí la cabeza de un ladrillazo, salí en las noticias y todo. Nadie se explicaba cómo un zagal de diez años podía ser tan malo, cómo la sociedad patatín, cómo la educación patatán. Si en vez de pasar al hombre del tiempo hubieran contado lo del cuaderno de Rubio, la gente me habría entendido. Las cosas son más fáciles de lo que las hacen, tanta sociedad y tanta polla.
Por cierto, señor psiquiatra penitenciario ¿Esto va a darme pasta? Yo escribo las memorias porque tampoco tengo otra cosa que hacer, pero se habrá dado usted cuenta de que no soy tonto. Si de aquí sale petróleo, el Pánfilo moja ¿eh?
Un porrito me voy a fumar. Por la inspiración. Lo digo para que no ponga luego que tengo eyaculación mental transitoria, personalidad escatologicoide o huevos pequeños. Es un canuto, nada más. Mire, ahora mismo me estoy poniendo como una berenjena. Como dice que cuente todo tal cual, con sinceridad, sin miedo a que nadie me juzgue... Pues eso, me estoy poniendo más fumao que una berenjena, señor psiquiatra. Fíjese que me está dando por acordarme de la nochebuena y de la risa no puedo escribir. Para qué le voy a contar. El caso es que eso no toca ahora, que primero le tengo que abrir la cabeza a don Felipe, comerme el reformatorio, atracar con intimidación a la señora aquella y la movida por la Juli. Pero así es la memoria.
No me arrepiento de matar al viejo, que pasó y pasó, como podía haber pasado de otra manera. Pero en aquel momento fue un marronazo. Yo había salido del trullo tras la condena por lo de la señora, que si quiero contaré después. El destino se conchabó con el Diablo para ablandar al señor juez y, entre los dos me dieron la libertad el día de nochebuena. La vieja se empeñó en que fuera a cenar a casa y yo, como no tenía otro sitio donde ir, allí me presenté. La Merche, mi hermana, empezó con que el viejo llevaba días sin llegar borracho, que le diera otra oportunidad, la navidad por aquí, la familia por allá. En fin, por bueno la volví a cagar, pero bien.
El Páncreas me había esperado en la puerta de la cárcel para invitarme a un festín. No sé como se lo monta el jodido del Páncreas, señor psiquiatra, pero toda la vida ha sido tan malo como yo y aún no lo han trincao. Había pillado una remesa de polen del fino, no esta mierda que me fumo ahora, así que imagínese. Nos pegamos toda la tarde en el parquecillo poniéndonos hasta los ojos. Le metí un bocado detrás de otro a la libertad, hasta que me empaché de reír. Pedazo de tarde, la de la nochebuena del año pasado.
El caso es que, con los ojos en el suelo, acudí a mi hogar a reconciliarme con el que hiciera falta. La cosa empezó bien, señor psiquiatra. El viejo no estaba cuando aparecí, así que la Merche, la vieja, la abuela y yo, charlamos un ratillo. La casa seguía oliendo a rancio, pero con el belén y los papeles de colores parecía navidad. “Qué bien te veo, hijo mío”, “vaya, vaya, vieja mía”, “ja, ja, ja”, “ji, ji, ji”. Buen rollito que te cagas. Hasta que el sonido de la llave masacrando la cerradura apagó la alegría. Le costó dos minutos abrir la puerta. Entonces me di cuenta de que había cambiado a mejor como yo, lo mismito que yo: por los cojones. El menda, por lo menos, sabe estar en cualquier sitio puesto de lo que sea. El viejo nunca supo estar en ningún lado. Vomitando en el baño, si acaso.
- ¡Coño, te han soltao! ¿Se ha pasado el juez con la sidra?- Mire al techo. Respiré. Ya estaba liada- ¿A qué vienes? ¿A jodernos la cena?
- Coño, a ti aún no te han pillao. Vaya melocotón que llevas ¿eh? ¿Había cazalla gratis en el bar de Julio?- La vieja me hizo una seña para que me calmara y lo dejara estar. Por no amargarle la noche, me comí el orgullo y callé la boca. De momento.
No le pongo más diálogo, porque no me da la gana. La historia es que la vieja y la abuela habían preparado un pollo asado, con un tomate y una cebolla dentro. Si mientras la pelaba, antes de metérsela al pollo por el culo, mi abuela hubiera sabido la que se iba a liar, con todo el dolor del mundo se la habría metido ella. La vida, es lo que tiene: que hasta que no termina la cinta no sabes lo que va a pasar. Lo chungo es que después no se puede rebobinar.
Estábamos todos callados, chupando cabezas de gambas, cuando salió mi madre con el pollo. Mientras el viejo insultaba al Rey y la Merche me contaba sus movidas, la abuela empezó a trocearlo. Mi padre (por no decir más veces viejo y tener que añadir que valga la redundancia) se quedó mirando la cebolla con cara de gilipollas. Empezó con que se cagaba en la madre que había parido a todo cristo, que vaya mierda de cena, que qué cojones pintaba una cebolla dentro de un pollo. A mí, fumao como una col que iba, me entró la risilla tonta al ver el careto de aquel borracho armando la de Dios por una cebolla. La abuela salió con que era culpa suya, que en la receta lo ponía pero que la tiraba enseguida y él, con su voz podrida de carajillo, le dijo que cerrara la boca, vieja de los cojones.
¡Buah! No has dicho nada ¿sabes? Mi madre se revolvió como una gata loca. Se había hecho a recibir guantazos, pero cuando mi padre se metía con la abuela se le cruzaba un ojo y no había quien la detuviera. Lo mismito que me pasa a mí. Muy bueno, muy bueno, hasta que se me cruza un ojo y no hay dios que me pare. Primero me miró, y vi en sus ojos que la iba a fastidiar. Después, con la voz empapada en odio, soltó el que te jodan más grande de toda la historia de los que te jodan. De esos que se dicen sabiendo que te tiras de un puente sin cuerding, retando a Satanás a que te conteste si tiene huevos. Total, que se lió. El viejo se levantó cuchillo en mano y dio un puñetazo en la mesa. Desprendía rabia por toda su piel. Mi madre, al verlo venir, le soltó que ella con un cuchillo también se atrevía, así que el macho ibérico lo tiró al aparador, y se cargó la cristalería de chicha y nabo. El cannabis acumulado en la sangre atascó mi reacción, porque no pude evitar que mi madre cayera encima del tío cagando, el niño y los reyes magos. Pensé, señor psiquiatra, que se iba a terminar tanta tontería. Cogí el pollo y aticé a mi viejo un pollazo en la cara que lo dejó más idiota de lo que estaba. Allí se habría terminado la cosa, si no me hubiera llamado hijo de puta. Habríamos repuesto el belén y cenado alegremente al son del chocolatero. Pero el tonto de joder me lo dijo. Si tu madre está llorando en el suelo, con los morros sangrando y te llaman hijo de puta, eres un delincuente, señor psiquiatra ¿Un asesino? Si nos ponemos a dramatizar, a lo mejor. Pero en aquel momento sólo cabía hacer lo que hice. Si va a convalidar por unos días en régimen abierto, diga usted que me entró locura momentánea, transitoria o estrafalaria. La verdad es que recogí el pollo del suelo, pillé la cebolla, se la metí en la boca y le arreé un sopapo en la coronilla. Tan grande que creo que la cascó antes de estrellar su cara en las gambas.
No me arrepiento, señor psiquiatra. Si esta tarde se lía la misma movida, el menda se vuelve a cargar a su viejo como se llama Paco Pánfilo ¿Qué? ¿Que tendría que haberme calmado, rezar tres padrenuestros y aguantar más tonterías? A lo mejor, señor psiquiatra, a lo mejor. Pero como el miserable le dio un puñetazo a mi vieja y después me llamó hijo de puta, pues nada, pensé: se le mete una cebolla en la boca y se le da una guantada en la calva. Esto fijo que no convalida. Pero es la verdad.
Ayyyyyy, ayyyyyy, ayyyyyy. Ese Pánfilo le cuenta a usted unas cosas que no sé lo que va a pensar de mi familia, señor psiquiatra. La muerte de papá fue una inmensa desgracia para nosotros, un terrible accidente doméstico. El Pánfilo ese es un gamberro y un mentiroso, no le haga usted caso, que no es de fiar. Lo que pasa es que me tiene celillos porque yo fui querido. A mí, señor psiquiatra, me han querido mucho, muchísimo, barbaridades de amor me han dado. De hecho, he estado hablando por ahí con gente y a pocos han adorado como a un servidor. Porque he tenido mis defectos, pero he sido buenísimo. No como el Pánfilo, que el mismo Satanás viene a veces a pedirle consejo.
Ayyyyy... Cada vez que me acuerdo de aquella nochebuena, las lagrimitas se me escapan como los pedos a un bebé. Maldita cebolla dentro del pollo asado. Infame destino, cruel y despiadado con la saga de los Alcázar ¿Por qué, Dios mío? ¿Por qué permitiste aquel estúpido atragantamiento? ¿Cómo dejaste al Demonio guiarme en el impulso de dar aquel golpe? Yo, Francisquito Alcázar, al querer salvar la vida del que me la había regalado, desencadené su muerte. Todos querían consolarme, pero nadie fue capaz. Sólo podía balbucear: “yo quería sacarle la cebolla, yo quería sacarle la cebolla, yo quería sacarle la cebolla”, llorando a moco tendido, poniendo perdida la alfombra de babas y lágrimas. Ay, señor psiquiatra, cuán amargo es el recuerdo al evocar la tragedia. Sé que Papá me mira sonriente desde el cielo. Un corazón tan bondadoso como el suyo a buen seguro me ha perdonado y desea mi felicidad. Pero a veces me despierto a medianoche convencido de que las cebollas, cuando se atascan en la garganta, se sacan con un golpe firme y seco en el pescuezo.
Capítulo Métete Un Balón de Baloncesto en La Boca
Pregúntele al imbécil de Francisquito qué hace en el trullo si papá murió de un accidente doméstico ¿Voluntario de una ONG de tontos del haba? ¿Agorafóbico? ¿Mala suerte? Yo le voy a explicar qué hacemos aquí, señor psiquiatra penitenciario. El menda, todo lo que tiene de lanzao, lo tiene de gilipollas. Aquí donde me ve, cara de malo, tatuajes por todo el cuerpo, descomunal miembro viril... Soy un pardillo de lo peor que hay.
Después del golpe fatal, la habitación quedó en silencio. La abuela se lió a recoger cacharros como si nada hubiera pasado, apartó la cara de su difunto yerno del plato de gambas y marchó con la vajilla a la cocina. La vieja seguía en el suelo, ordenando las figurillas del belén y Merche miraba al fiambre como si fuera a despertar y a matarnos a todos de un susto.
Fue ella quien rompió el hielo, aunque para lo que soltó se podía haber atragantado con una nuez:
“Diremos que fue un accidente. Total, iba borracho perdido, así que es fácil darse un guantazo y cascarla. Yo, por lo menos, seré una tumba. Se ha caído y se ha matao, se ha caído y se ha matao, de ahí no nos sacan”
Yo, que siendo el pequeño tengo más mundo que ninguno, le expliqué a mi hermana que la policía es un nido de ratas, pero no tiene un pelo de tonta. Nada más entrar y ver el percal, el menda al talego de tirón. Sin más.
Silencio mortal. Prisa, no teníamos, porque nadie iba a venir en nochebuena, así por la cara, conque nos quedamos un rato allí tal cual. La vieja en el belén, el viejo con el careto en el hule de flores y yo frente a él, mirando la tele, como si de un momento a otro fuera a salir en las noticias. Pánfilo Pánfilez Morzute: el asesino del pollazo ataca de nuevo.
Fue la abuela la que nos arrancó temporalmente de la miseria. Salió de la cocina con el delantal perdido de sangre y la blusa remangada, decidida a arreglar la movida. Empezó con que ella había pasado una guerra, que estas cosas han de arreglarse con discreción, que patatín, que patatán. Total, que salió con que al difunto, al río. La tele rota, atadita al cuello para que no reflotara y todos tan contentos. Diríamos que había abandonado a la familia, que se fue a por tabaco y no volvió, que no teníamos ni puta idea de dónde estaba. Lo malo no fue la ocurrencia de la vieja loca, sino que fuimos tan imbéciles de hacerle caso.
De nuevo, mis ojos hacen chiribitas al leer las mentiras que ese bandolero le está diciendo. Si Papá levantara la cabeza se subiría por las paredes. Como ciudadanos ejemplares que somos los Alcázar, hicimos justamente lo que debíamos hacer. Habría faltado más, señor psiquiatra. Que ante tamaña desgracia, presas de la tristeza y el nerviosismo, hubiéramos caído en la sucia tentación de negar lo sucedido. Si los representantes de la justicia decidían que habíamos incurrido en un delito, no iba a ser Francisquito Alcázar de Granada el que intentara evadir su culpa. Que yo he sido querido, muy guapo y muy honrado. Sobre todo muy guapo. Así que, como habrá sin duda imaginado ya, decidimos llevar a papá al hospital, por si le quedaba un poquito de vida, que nunca se sabe con la catalepsia. Llamar a una ambulancia habría sido lo más fácil: incomodar a un amable y servicial empleado sanitario en la Noche de Paz, para que viniera a hacer nuestro trabajo.
Con cariño y paciencia, mi dulce hermana y yo cubrimos a papá con la manta más amorosa de la casa. Si tenía catalepsia, que no llegara también constipado y se complicara la cosa por un descuido. La abuelita, siempre regalando lecciones de experiencia, propuso una idea entrañable:
“Siendo la misa del Gallo el momento más esperado por vuestro padre, desconociendo como desconocemos si habrá o no televisión en la clínica ¿Por qué no cargamos con el aparato hasta allí, no sea que Dios abra los ojos al bueno de Paco antes de las doce?”.
No puedo reprimir unas lagrimitas al recordar aquellas palabras. La abuelita, que alguna que otra vez había tenido desacuerdos con papá, en los últimos momentos nos dio tan bella lección ¿Cómo íbamos a negarle a nuestro papá cataléptico la misa del gallo? ¿Quién, sobre la tierra, puede ser tan malo?
Capítulo Rellena los huecos: Por el te la hinco.
Si papá levantara la cabeza tendría la cara llena de peladuras de gamba podridas como él, pedazo de idiota. Si no estuviera pendiente de juicio, te ibas a enterar dónde acaban los que le tocan la moral al Pánfilo. Usted sabrá a quien creer, pero la movida, tal como le cuento fue:
La ocurrencia de la abuela me pareció lo que era: una gilipollez. Lo que pasa es que a mí, el hachís, cuando está bueno, me ablanda el corazón. Tenía que haber salido de allí por piernas, pero me supo mal dejar el marrón a las tres marías, tan tontas y asustadas. Total, que la inspiración divina entró por la ventana y se clavó en mi frente. Me levanté y empecé a dar órdenes, como Klint Eastwood en las películas (lo escribo que te cagas ¿eh?)
La vieja habría bajado en faja a la calle si le hubiéramos dicho que daban caramelos, conque tirar al viejo al río le pareció de lo más normal. Hoy me acuerdo del ratillo aquel y me da más vergüenza que otra cosa. La tele por aquí, la soga por allá... Ves dos veces El Padrino y te crees que puedes librarte de un marrón. Con todo, señor quita-tonterías-del-perol-a-los-taraos, fíjese que podía haber salido bien. ¡No se ría, que le meto un melón en el culo! Le juro que con un poquillo de suerte y una par de cagadas menos, la cosa habría salido. La primera fue, puestos a matar idiotas, olvidarme del bragazas del vecino. Seguro que estaba pegado a la mirilla. Tuvo que llamar a la pasma, porque no es normal que circulara tanta madera en nochebuena. La próxima condena me ha de caer por hacer comer un quilo de cebollas al payaso ese.
La segunda cagada la hice al permitir que la vieja, la Merche y la abuela acompañaran al menda a limpiar el asunto.
El cuerpo lo teníamos disimulao de lujo. Entre la Merche y yo lo habíamos envuelto en la manta verde que picaba. Podía parecer cualquier cosa del tamaño de un muerto. La abuela tenía que esperar abajo, por si venía alguien, decirle que el ascensor estaba estropeado y soltar un estornudo de los suyos, para avisarnos. Mamá, con abrir mucho los ojos y poner cara de tonta ya hacía bastante.
Sólo tuvimos un problemilla para encajar al viejo en la jaula y otro para desencajarlo; nada que no se arreglara con una patada en el culo. Por la acera, no pasaba ni Dios, así que meterlo al coche nos costó un plis plas. La abuela, pesadita que se puso la jodida, se empeñó en llevar una pandereta para no levantar sospechas. Yo no iba a discutir, que me había cargao a mi viejo de una colleja y bastantes bollos tenía el horno. Subí a por la tele vieja, la puse en el maletero y entré al coche. Antes de que se me vaya el tiesto, señor psiquiatra: risitas, las justas, que tengo la mano muy larga.
Todo fue de puta madre hasta que se torció, como siempre. Paramos el Ocho Cinco Cero Metalizado Beis de la Merche junto a un puente podrido y oscuro. Bajamos del coche y disimulamos. Uno se asomaba al río, el otro tocaba la pandereta, fun fun fun, rompompompom, ya sabe usted cómo son estas cosas. Nadie a nuestra derecha, nadie a nuestra izquierda, un frío que te cagas... Parecía una película del estrangulador de Palencia, con farolas fundidas y vapor saliendo del suelo, pero más cutre. La abuela salió con que ella se encargaba de atar el fiambre a la tele, que sabía hacer no sé que nudo marinero. Marinero no sé, pero le apretó el cuello como si lo quisiera matar otra vez. Atar la tele era más difícil. Pesaba como una vaca preñada y la cuerda iba más justa que justa. En esas estábamos cuando escuchamos la sirena. A mí me bajó el frío a los pies y me quitó las ganas de reír.
“Tíralo, tíralo ya”, empezó la Merche. Yo me puse cardiaco, porque sabía que además de ir al talego nos iban a dar dos sopapos bien dados, con razón de la buena.
Pillo al viejo en brazos. El ruido de la sirena cada vez más fuerte. Empiezo a sudar. Los riñones que avisan. La sirena que no cesa. Los riñones que amenazan a mala leche. La abuela intenta pillar la tele. Se cruje. Me cago. Los riñones me dan el último toque. La Merche ayuda a la abuela con la tele y se cruje también. La sirena ya la tenemos metida en el hígado. La vieja se pone con la tele. Los riñones me pegan un crujido de mil pares de huevos. Me caigo con el marrón encima. Las tres marías al suelo también.
El madero se nos quedó mirando serio, con los ojos muy abiertos, sin preguntarnos nada.
“Es que mi yerno se ha suicidado, señor agente. Mi nieto lo ha envuelto hasta que llegue el juez, que ya viene de camino. Váyase tranquilo a cenar”. El hombre seguía allí, recto como una vela, sin pestañear. Se quedó mirando a la abuela, desparramada en el suelo, soga en mano, junto a la tele, su hija y su nieta. “La tele, no se preocupe, que no funciona, se jodió con la tormenta”.
Capítulo séptimo, señor psiquiatra.
Acepto que el señor agente se mostró confundido ante aquel cortejo que, descartada la catalepsia, resultó ser fúnebre. Acepto que, desesperados por la tristeza, en aquel momento de la noche habíamos decidido arrojar a papá al río, donde tantas veces pescó barbos. Acepto, aunque a regañadientes, que mi dulce abuela se ensañó inconscientemente al apretar la cuerda en el cuello de Papá; y es que ya sabe usted que entre suegras y yernos siempre queda alguna aspereza por limar.
Pero bajo ningún concepto aceptaré que la tele la hubiera estropeado ninguna tormenta. Funcionaba tan bien como una impresora Jeulet pacar recién comprada. Es más, señor psiquiatra: si al buen carcelero que nos retuvo en la celda hasta que me confesé causante del cebollesco accidente no le hubieran dolido las muelas como sin duda le dolían, todos juntitos habríamos visto la misa del gallo en aquel calabozo que, por su austeridad, tanto recordaba al portal de Belén.
Capitulo, capitulas, capitula, capitulamos, capituláis, capitulan.
Y la abuela era el Arcángel San Germán, no te jode. Ahí queda el asunto, señor Sigmund Cruyff. Contado y bien contado. No me apetece discutir con el tonto del haba ese, que ya estoy de escribir memorias más harto que Tarragona de pescao azul congelado y en varitas.
¡Ah!, por si se me olvida: si se le aparece don Felipe, pregúntele a él por qué le abrí la cabeza, que a mí no me da la gana contárselo. Que es muy bonito decirle a un crío lo que me dijo el calvorotas aquel ¿sabes o qué? Que para recordarle a un zagal lo hundido que está en un pozo de mierda y lo mal que huele y lo peor que huelen los suyos, no hace falta estudiar tanto ¿sabes o qué? Que me acuerdo y me dan ganas de reventarle la cabeza otra vez ¿sabes o qué? Que yo de mi viejo tengo el apellido y el careto, pero nada más. Delante de otros veinte críos no se me dice a mí lo que me dijo. Se quedó bien a gusto, pero mira: por bocazas se ha perdido cuatro mundiales y dos guerras de Irak.
Capítulo nueve.
Mal que le pese al bruto ese, yo le voy a contar cómo la casualidad dispuso que un ser tan noble como don Felipe no llegara a conocer la apoteosis del gran Chiquito de la calzada. Si el espejo ya me advertía entonces de la belleza que habría de irradiar para siempre mi rostro, mi condición de cenizo también empezaba a manifestarse. Fíjese si es listo el diablo, que me tentó a subir a la azotea del colegio con una piedra caliza de trescientos gramos. Yo había disfrutado del recreo en dicha azotea junto a un sinfín de amiguetes, y todos habíamos apreciado el amargo dulzor de las nueces a medio madurar que el nogal del patio ofrecía en su esplendor. Aprovechándose de la inconsciencia de los infantes, Satanás dispuso que un servidor olvidara en el terrado un pañuelito de cuadros azules repleto de tan rico y seco fruto. Como es natural, al terminar mis clases regresé a por ellas, cargado con una piedra que me sirviera para abrirlas en caso de apetencia. Yo no quería matarlo, señor psiquiatra ¿Cómo iba yo a ser tan desagradecido con el bondadoso don Felipe, si minutos antes me había puesto colorado de orgullo? Delante de todos los niños del colegio, me había dicho que iba a terminar como mi papá. Tan pulcros y precisos eran mis trabajos que, al verlos, aseguró sin pudor que llevaba camino de parecerme al mismo Papá: honrado, trabajador y listísimo.
Tan satisfecho me sentí después de oír aquellas palabras, que decidí regresar a por mis nueces para celebrarlo con inocente y saludable banquete. Pero el demonio aguardaba agazapado mi llegada y, en un zarpazo de negro azar empujó el pañuelo al vacío cuando mis manitas apenas lo habían rozado. Ante la rabia de ver aquel bien textil flotando hacia el abismo, lleno de nueces y mocos... ¿Qué habría hecho usted, señor psiquiatra? Imagínese que sube cinco pisos con una piedra caliza de trescientos gramos, deseoso de saborear su merecida merienda y se le caen al patio el pañuelo y las nueces. De puro coraje arrojé la piedra al horizonte e imaginé que alcanzaba los negros nubarrones que tapaban el sol. Pero Lucifer había incitado al buen don Felipe a cruzar el patio ajustando el tiempo y el espacio con el vuelo de mi proyectil ¿Se acuerda, señor psiquiatra, de las olimpiadas de Barcelona? Cuando el buen Antonio Epifanio entregó el fuego al señor del arco y el señor del arco encendió una flecha y la disparó hacia la noche y al caer en la antorcha iluminó el cielo olímpico ¿Se acuerda?
Pues, poco más o menos, señor psiquiatra, así terminó lo de mi piedra y la cabeza ya entonces desprovista de pelo de don Felipe.